La mentira primaria es la responsable del resto de tus mentiras, y el resto de tus mentiras no es otra cosa que la mayor actuación de tu vida.

Mentiras

La primera vez que asomas el pie a la vida no te sucede como a Hermes, Dios de la comunicación y mensajero de los dioses, el cual se levantó de la cuna para robare las vacas a su hermano Apolo, volvió a su nido e hizo como si no pasara nada. Consciente de su engaño supo como hacerse el inocente, aunque como es lógico, nadie le creyó.

El verdadero engaño, la trampa más cruel y profunda en la que puedes caer, no es en la de la mentira que nadie cree, no es la mentira que como mucho te puede llevar a que quieras esconderte debajo de la mesa si alguien se da cuenta o a ponerte colorado y tener que pedir disculpas e incluso, en algún caso, dar una justificación mayor o menor según la gravedad de la mentira. El verdadero embuste es aquel que te agarra como un ciclón sin que tú te des cuenta… es aquel aire que no percibes pero cuya fuerza es inmensa… es aquella cárcel que te aprisiona una vez que pones alguna palabra en su sobrecogedora fuerza la cual te arrastra silenciosamente  hasta el siguiente túnel de viento y así sucesivamente hasta que no tienes salida y te ves atrapado, de manera inevitable, en tu propia historia.

La mentira más grave no tiene memoria, no entiende de justificaciones, no sabe de remordimientos porque, como si de una pérdida de memoria  fraguada se tratase, no la recuerdas. No sabes por qué has mentido, no sabes de dónde vienen esas respuestas externas que no reconoces como propias, pero tampoco lo quieres saber. Vivir con la mentira, es la manera más fácil de vivir.

Mentiras en La hora del té

Leyendo, no hace mucho, sobre antiguas civilizaciones celtas o la propia los indios americanos, me di cuenta de la casi perfecta organización que tenían aquellas tribus en las que, la verdad, el contacto con la tierra, el mar y la naturaleza en general, eran sus únicos guías, su única información, sus profesores y sus únicos y rudimentarios métodos científicos, si es que a aquello se le podía llamar científico. No, no era comprobable por papers ni pares de opuestos, pero era lo que tenían.

Tampoco podemos decir que estuvieran muy informados por ningún medio, no había, como es de suponer, televisión ni medios de información ni periodismo elevado a la categoría de hipnotizadores de masas como disponemos ahora. ¿Cual es la ventaja entonces?, ¿qué es lo que los distinguía y los hacía mayores conocedores de la propia verdad?. Su certeza, mal o bien hecha, era de raíz, de base, sin dobles sentidos, sin agujeros hechos con el taladro de la sobreinformación, de los sabios de los países que nos han dado la alegría de mantenernos  con «su verdad» y no con la nuestra, y que han conseguido, junto con alguno más, hacer de nosotros la primera saga de automatizados, modernos, esos sí, de los últimos tiempos.

No sabían nada, solo lo que la observación de su entorno les dejaba saber. Una observación con los 5 sentidos; cero ruido, cero basura.

Este entramado de ciudadanos no lo hacían todo bien como es de esperar. Mucha gente se habrá muerto en el camino por falta de recursos, por elegir la planta equivocada para hacer no sé qué mejunje mágico y otras barbaridades más. Pero sí había una cosa que remaba a su favor: pisar desde el primer momento libre del miedo de las ataduras que suponen el miedo de otros.

Tras haber leído sobre su rudimentaria forma de vivir, no me los puedo imaginar ni por un momento sentados en la cafetería de una bar hablando sobre el tiempo, el fútbol, lo tonto o no tonto que es este, o aquel. No me los puedo imaginar escuchando sin escuchar, hablando sin hablar y diciendo cualquier cosa sin pensar. Eso es justo, lo que nosotros, seres civilizados del S.XXI, hacemos constantemente, día a día: dejarnos arrastrar por el ciclón de la primera mentira.

La cuerda que sujetaba las mentiras poco a poco se iba desplomando, pero todavía había demasiado donde rascar. Es demasiado cómodo el nudo que guarda los secretos como para desprendernos de su calidez.

La mentira nos protege. No fue la manzana de Adán la que nos ha llevado del paraíso a cómo estamos ahora, fue la mentira, esa primera mentira que hemos dicho porque sentimos el miedo. Esa fue la primera piedra, todo lo demás hasta hoy, ya lo conocemos

Este halo de comunicación prefabricada los protegía de algo, pero no sabían de qué. Esa misma protección hacía que no tuvieran nada que decir por miedo a delatarse ambos, pero uno no decide cuando romper las cadenas que esconden la verdad, es la verdad la que las rompe sin que puedas evitar que salga, empujando, como una bola profunda que yace en lo más hondo de tu estómago. La verdad sale siempre, quieras, o no.

Las relaciones entre nosotros, pues, se han ido construyendo en bares, cafeterías, despachos, reuniones, escuelas y demás lugares donde puedan confluir varios seres humanos. Cuantos más van saliendo más se va a alimentando esa mentira, hasta que explota. Y explotará.

Amazón. Mentiras en La Hora del Té

 

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