No sé si es casualidad o no, pero llevo unas semanas viendo que la palabra libertada aparece por todas partes. La pregunta es: ¿qué entendemos nosotros por libertad? ¿eres libre a lo largo de tu día a día?

Parece como si ya estuviera escuchando las respuestas: algunos dicen que sí, otros claramente que no, y muchos opinan que no siempre pero que se consideran libres la mayor parte del tiempo.

Autenticidad y libertad

Ese tema, que parece como muy superficial o un himno de los años 80 en España, no es tan banal como parece. Para ponernos a tono con el tema me gustaría recordar una entrevista que vi hace poco a una cantante española autora de la canción: A quién le importa. Esta autora, conocida como Alasaka, decía unas palabras muy sabias en torno a su famosísima canción que se ha convertido en todo un alegato a favor de la autenticidad.

La conocida autora decía que sí, que era una canción motivadora hacia una manera de ser auténtica y el respeto hacia uno mismo, pero también añadía que tiene doble lectura: no siempre puedes hacer lo que quieras no solo porque tú eres así, en el fondo, siempre hay unos límites.

Puntos de vista sobre la libertad

Creo que existen dos tipos de libertad:

La libertad que tenemos en nuestro día a día y que tiene muy pocos o ningún condicionamiento para decidir cosas cotidianas como la ropa que nos vamos a poner, cómo nos queremos peinar, qué tipo de decoración queremos para nuestra casa, los alimentos que quiero en mi despensa…

La libertad que tiene algún condicionamiento, hasta tal punto que es posible que nos obligue a reprimirnos en según que circunstancias. Dentro de este segundo grupo hago dos distinciones:

  1. Necesariamente debemos controlar nuestra opinión para no hacer daño a los demás. En este caso creo que no siempre tenemos que decir lo que pensamos en según qué situaciones: cuando nadie nos ha pedido nuestra opinión, cuando sabes que puedes crear polémicas innecesarias o cuando crees que puedes hacer daño a alguien si dices lo que piensas. No todo vale en el momento que ofendes a terceros.
  2. -No necesariamente debemos controlar nuestra opinión, pero nos sentimos oprimidos por razones internas de miedo, culpa, o amenaza de crítica y exclusión social. En este punto entramos casi todos y sálgase el que pueda. No creo que mienta si aseguro que la mayoría de las veces hacemos o decimos cosas que no pensamos, con las que no nos sentimos cómodos. Ahora puedes estar pensando que a veces, en la vida, hay que hacer cosas incómodas y decir cosas que no nos apetece para evitar problemas o porque haces felices a otras personas: es verdad, te lo compro. Pero como siempre, los extremos no son buenos, y una cosa es ceder un par de veces sopesando previamente los pros y los contras, y otra cosa es que ese modus operandi forme parte de tu día a día constantemente, haciendo que no puedas ser libre para ser tú en la mayoría de los casos, ya que sabemos que el 100% va a ser imposible.

Temas sobre los que hablar, o no hablar

Con la democratización de la libertad de expresión a raíz de internet y las redes sociales, hemos ganado mucho y también perdido un poco. Hemos ganado en libertad, pero hemos perdido, a veces, en calidad: nada es perfecto. Ahora cualquiera pude insultar, decir burradas y ofender gratuitamente detrás de un avatar que ni siquiera se corresponde con tu verdadera identidad, pero también es cierto que hay muy buen contenido que puede llegar a miles de personas que sin esta herramienta jamás vería la luz. Hablo de blogueros, youtubers y gente brillante aportando muchísimo valor a los demás, compartiendo mucho conocimiento, abriendo la chispa de la reflexión, de que otra manera de ver las cosas es posible, abriéndonos nuevas posibilidades de pensar y compartiendo un valor que antes no lo teníamos a nuestro alcance. Me quedo con lo positivo, lo negativo acabará desapareciendo porque la gente es muy inteligente y sabe discernir; no me preocupa.

Lo que sí ya empieza a ser más preocupante es que, en realidad, esa libertad de expresión que parecía subyacer con las nuevas tecnologías se ha visto mermada por el afán de agradar a los demás: se está empezando a decir lo que la gente quiere escuchar; dar tu mejor versión no es dar la versión que los demás quieren ver. Todo aquello que nos pasa en la vida real lo estamos trasladado al mundo on line, el miedo nos persigue y caemos en la autocomplacencia.

Es más que probable que el discurso que todos utilizamos sea solo lo que queremos dar a conocer, y que ese discurso o esa parte que mostramos corresponda a un 10% de la realidad. El otro día me escribía una chica y me decía que menos mal que no era ella la única que a veces no era capaz de llegar a todo, que su día a día no se correspondía con esa vida televisada de viajes y terrazas con ordenador. No estoy juzgando eso, al contrario, es cierto que hay algunas personas que muestran su día a día, las cuales, en un porcentaje alto de su tiempo, viven más o menos esas vidas de viajes y terrazas con ordenador, pero no te castigues si tu no la tienes; tus circunstancias y la de esas otras personas seguramente no son las mismas, lo cual no quiere decir que tú seas más o menos feliz que ellos, o en todo caso que no puedas llegar a serlo a pesar, incluso, de tus circunstancias.

Consecuencias de la autocomplacencia

Hay muchas maneras de saber cuando caemos en esta actitud, una de ellas es pensar que estamos por el buen camino no arriesgando demasiado con nuestro contenido, vamos a lo seguro, a lo que funciona, a lo que está de moda, a lo que no molesta ni es incómodo para otros. Si caemos en esta rutina, no avanzamos, el contenido se estanca, pero nosotros nos sentimos seguros. Esto no está mal si es eso lo que quieres, sentirte seguro: uno puede vender telas y no arriesgarse a vender telas e hilos, lo que ya no está tan bien es que tú vendas solo telas y animes a otros a vender telas e hilos.

Muchas veces el truco para no caer en la autocomplacencia está en mostrarte vulnerable. Sabes que hay un riesgo en dar un paso más, sabes que no es demasiado popular lo que tienes pensado hacer o decir, sabes que quizás no es lo que la gente quiera escuchar y pierdas algo de audiencia, pero, aun así, eso es lo que piensas y estás muy inseguro a la hora de lanzarte (a mí también me pasa muchas veces).

¿Qué es lo que puede pasar si te equivocas siempre y cuando no hayas cometido la imprudencia de invertir dinero? (o por lo menos un dinero que no puedas asumir) Si te equivocas, solo habrá sido un error más de los muchos que has cometido, porque sí, todos los hemos cometido en mayor o menor medida. Piensa que hay miles de cosas que estás haciendo mal y a lo mejor ni siquiera te das cuenta de las consecuencias que eso está teniendo, con lo cual, si un error se está poniendo de frente, bienvenido sea.

Vulnerabilidad y libertad

Si escuchas el podcast de Café a media tarde en el que Eliana Vasquez y yo hablamos de la vulnerabilidad, te darás cuenta a lo que me estoy refiriendo: el reto no está en hacer algo que sabes que funciona, el reto está en hacer algo a pesar de que exista el riesgo de que no funcione.

También te animo a que escuches en el canal el podcast sobre la libertad. Ambos temas: vulnerabilidad y libertad, están muy relacionados y tiene “mucha tela que cortar”. Ya sabes que tu opinión me importa, así que puedes comentar el post o el podcast y dar tu punto de vista o tu experiencia.

Atenta al podcast porque ya son muchas, y creo que también muchos, los que escuchan Café a media tarde. Los capítulos de las diosas están gustando un montón y te invito a que los escuches. Mentiría si te dijera que no me emociona y me hace mucha ilusión, así que, si quieres, puedes darle un «like» y dejar un comentario en los podcast, ya sabes que eso ayuda mucho a su difusión. Gracias:-)

Un abrazo grande

Susana

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